por Marilú Motero
“El alma ni se crea ni
se destruye, solo se trasplanta.”
Gran Wyoming
Es un asunto de tremendo
interés y actualidad, ¿usted consentiría que se les trasplantasen
órganos de un individuo que en vida tuvo comportamientos sociales,
diríamos que poco o nada recomendables?
Es cierto que el
procedimiento marcado por la ley, y escrupulosamente seguido en
nuestro país por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT),
impide taxativamente que el receptor, sus familiares y amigos
conozcan la identidad del donante.
Pero ¿quien nos asegura que con
el órgano trasplantado, no se nos implantaran también los vicios,
perversiones, creencias y manías del sujeto origen del órgano?
Yo no tengo cualificación
técnica y profesional alguna sobre trasplantes en seres humanos, ni
siquiera he leído algo sobre este tema, pero me veo en la obligación
moral de utilizar esta tribuna, a la que tengo acceso por mi posición
social y que nunca se me ofreció para hacer nada parecido, para
poner en tela de juicio mas de 40 años de impecable funcionamiento
de la ONT.
Es por vosotros, confiados
ciudadanos a los que la vida, en un giro dramático, os puede poner
frente a frente con la necesidad ineludible de un
trasplante, por los que asumo alzar la bandera de la arrogancia que
me da la ignorancia más escandalosa y poner en la picota los avances
científicos e intentar sustituirlos por la “sabiduría popular”
y la superstición, en este asunto que tanto nos afecta a todos.
Mi educación
profundamente católica, apostólica y romana, me da fuerza y
entereza para encarar esta labor. Todos hemos oído a nuestros
abuelos instruirnos sobre donde residen las más valoradas cualidades
humanas. Es en el corazón donde se encuentran el valor y el amor, en
los pulmones la libre expresión, en los riñones se almacenan
nuestros traumas, en las glándulas tiroides nuestro deseo de poder,
en las glándulas suprarrenales el miedo y el victimismo, la glándula
pituitaria acumula la pena, la glándula pineal el entusiasmo, en los
intestinos residen el carácter y la personalidad, en el estomago la
fuerza de voluntad y la confianza.
Si esto es así, y yo no
tengo razones para refutarlo, queda suficientemente demostrado que
una parte de nosotros viaja en el interior de nuestros órganos, y
por lo tanto será transferido al receptor del trasplante, con las
consiguientes consecuencias morales y físicas para aquel. No nos
engañemos, durante años hemos sido estafados y engañados por
nuestros gobernantes y médicos, se nos ha hecho creer en la
inocuidad moral de los trasplantes, se nos ha ocultado las
implicaciones sentimentales de estos actos.
Hay que corregir sin
demora esta tremenda injusticia, que sin duda está en los primeros
puestos de la inquietud social. Nadie puede estar obligado a cargar
con las faltas de otro, sobre todo si ese donante esta muy lejano de
nuestra formación moral y nuestro estatus social.
¿Usted no estaría
dispuesto a pagar un dinero para que le garantizaran que el anterior
propietario de el órgano que le han de trasplantar no fue un
excluido social, un antisistema, un miembro del lumpemproletariado,
un delincuente de poca monta?
Puestos a recibir taras
sociales ajenas ¿no preferirían recibir los órganos de un
banquero estafador e inmensamente rico, de un político corrupto y
vividor, de un empresario explotador de incalculable patrimonio, de
un financiero especulador y experto defraudador, de un traficante
ducho en lidiar y evadir la ley, de un religioso acomodado y
holgazán, e incluso de un miembro de los cuerpos antidisturbios
ahíto de ejercer la violencia gratuita e institucional sin
responsabilidad alguna?
En estos momentos de
zozobra social, económica y de valores, quiero alzar mi voz
exigiendo al gobierno la máxima transparencia en los trasplantes de
órganos y el derecho de los ciudadanos a elegir quien le donara los
órganos y con ellos parte de su alma.
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